skip to main |
skip to sidebar
Lo bueno de estar descalza es que estás lo más cerca que podes del piso, de la tierra.
Lo bueno de estar descalza es que te ensuciás con tierra visible, que podés remover en un segundo y volvés a estar como cuando no estabas descalza.
No estás subida a ninguna plataforma que te eleve de ninguna manera, ves todo como es, y sentís todo como es. Sin ningún reparo que te proteja, te levante o te suavice el andar. Ese resguardo que hace que lo más cercano a la tierra de nuestro cuerpo sea lo más lejano. Perdemos toda conexión con el encierro. Aunque siempre lo más resguardado es lo que más contacto tiene, mientras que todo lo exterior roza..roza..y roza.
Un día se entristeció, y nunca más sonrío. Cada acción que realizaba era acompañada de llanto y bañadas en lágrimas saladas. El tiempo pasó y fue convirtiéndose en otra cosa, la tristeza estaba instala en él, y era su única compañia. Tal compañera era que hasta le producía tristeza echarla. A donde el iba, llovía. Dejó de ver el sol. Dejo de ver. Sus ojos se transformaron en dos gotas de agua cristalina y pura, en dos lágrimas. Pero recién ahí, volvió a sonreir.
Hay un hombre en la mitad de la calle. No hay luces, salvo el reflejo que otorga la luna. Una bolsa (de supermercado más que de almacén) es sostenida por áquel hombre. En la otra mano no hay nada. Sólo sus propios dedos. Erguido mira hacia delante. ¿Se le cayó la llave?, te preguntás si pasas cerca de él durante el instante en el que decidió que habia dejado de tener sentido el seguir cruzando la calle.